
Tatyana guardó silencio. No sabía qué responder a eso. Evidentemente, la había confundido con alguien más.
—Me han dicho que necesita reconstruir su casa, ¿verdad? Pues bien, yo puedo hacerlo.
La casa se había incendiado la noche de San Nicolás de Invierno. Tatyana estaba entonces descalza sobre la nieve, con una chaqueta acolchada sobre el camisón, observando cómo se derrumbaban las vigas. Sus pies ya no sentían nada: ni el frío, ni las quemaduras de las chispas que saltaban. Todo se había quemado: las fotografías de su difunta madre, el chal de lana que su abuela había tejido antes de la guerra, las botas de invierno, la reserva de granos para la temporada; solo logró meter el pasaporte bajo su ropa, nada más pudo salvar.
Los perros aullaban en los recintos, temerosos del fuego. Tatyana los soltó y los laikas corrían de un lado a otro por el patio, sin entender a dónde ir. Ella se sentó sobre un trineo volcado y permaneció allí hasta el amanecer, cuando llegó el camión de bomberos del centro regional. Pero aquel camión ya no servía de nada: de la casa solo quedaban tizones humeantes.
Hasta la primavera vivió en una caseta de obra, un pequeño contenedor con una sola ventana, una estufa de leña y un olor a aceite de motor que no desaparecía, por más que limpiara y ventilara. Dormía en una cama plegable, se aseaba en un lavabo portátil y comía de un cuenco de aluminio.
No tenía dinero. En el destacamento de guardabosques pagaban una miseria, y ella tenía a su cargo a los perros y al refugio donde acogía animales y aves heridos: ya fuera un zorro con una pata rota o un halcón que no podía volver a volar. Gente bondadosa la ayudaba, sin ellos Tatyana no habría salido adelante, pero ese dinero no era suficiente. La nieve empezaba a derretirse sobre las cenizas y era necesario construir una casa nueva, pero ¿con qué?
Cuando un UAZ se detuvo frente a la caseta, Tatyana pensó primero que se trataba de alguna comisión. O de Hacienda. O alguna otra desgracia, porque ya no esperaba buenas noticias. Pero el hombre que bajó del coche no parecía un funcionario. Los funcionarios se vestían de forma más sencilla, con abrigos de plumas chinos y gorros de piel. Este, en cambio, llevaba un abrigo largo, beige, totalmente inadecuado para la primavera de Altái, cuando la nieve se derrite y todo se convierte en un lodazal. En los pies, zapatos de cuero resbaladizos y de suela fina. En las manos, un maletín, como el de un médico.
Tatyana observó su abrigo beige y sus zapatitos de cuero, y soltó una risita.
—¿Tú vas a construir?
Esperaba que el hombre se enfadara por su falta de fe en su capacidad, o que intentara convencerla, pero él extendió las manos y dijo:
—Ni mucho menos. Pero si me da refugio por un par de meses, le daré el dinero para la casa.
Tatyana entrecerró los ojos.
—Si tiene tanto dinero, ¿por qué no busca refugio en otro lugar?
—¿Para qué, si puedo hacerlo aquí? Mi abuela era de estos lugares, por eso vine.
Conque la abuela, ¿eh?
—¿Y qué has hecho para tener que esconderte? ¿Mataste a alguien, robaste? ¿O te escondes de tu mujer?
El hombre sonrió con tristeza.
—No he hecho nada de eso. Vi accidentalmente algo que no me incumbía. Ahora temo que quieran eliminarme, ¿entiende?
Bueno, Tatyana entendía: ella perdió a su padre exactamente así, hacía mucho tiempo, en los años noventa.
—¿Y qué quieres? ¿Vivir aquí?
—Sí. Puedo darle el dinero de inmediato, si no me cree.
Tatyana volvió a entrecerrar los ojos, observándolo con una mirada burlona.
—¿Y dónde vivir? Solo tengo la caseta y la sauna.
—Bueno, la sauna me servirá.
Era difícil creer que un pijo urbano como aquel pudiera vivir en una sauna. Pero Tatyana decidió que no era correcto rechazar la ayuda si el destino te la enviaba.
—Dame tu dinero —dijo—. Y la sauna es tuya.
Se dio la vuelta y entró en la caseta. Él se quedó allí, parado en medio del patio, tan desorientado como un polluelo caído del nido. Los laikas olfateaban su abrigo y gruñían.
Se llamaba Maxim. Era dueño de una empresa informática que se dedicaba a la inteligencia artificial o alguna otra tontería que Tatyana no entendía ni quería entender.
La primera semana fue un infierno. No para ella, para él. Tatyana pensó que su mayor problema sería la falta de agua caliente y de un baño en condiciones, pero para Maxim, el problema principal resultó ser la falta de Wi-Fi. Ni siquiera había un enchufe decente, solo un generador eléctrico. El teléfono solo captaba señal en un punto específico, y eso si te ponías de puntillas y estirabas el brazo hacia el este. Maxim salía cada dos horas, permanecía allí con su abrigo de cachemir, maldecía en susurros y regresaba enfadado, empapado y congelado.
No sabía cómo encender la estufa. Tatyana le mostró una vez cómo colocar la leña y cómo regular el tiro. Él asentía, pero media hora después la sauna se llenaba de humo y Tatyana, maldiciendo entre dientes, tenía que volver a hacerlo todo.
No sabía cómo sacar agua del pozo. Pensaba que era sencillo: un cubo y una cuerda. Pero el cubo se volcaba, la cuerda se le escapaba de las manos y una vez tiró el cubo al pozo, que Tatyana tuvo que rescatar luego con un bichero.
—Eres tan inútil como un bebé —dijo ella, exasperada—. ¿Por qué te pagarán tanto dinero?
—Porque pienso más rápido que los demás —replicó él, frotándose la espalda lastimada.
—Él piensa. Con pensar no se llena la barriga.
Él se ofendía, se iba a buscar señal y a maldecir en susurros.
Una mañana, Tatyana se fue a revisar las trampas lejanas; tenía cámaras trampa colocadas en la ruta de los linces. Regresó al anochecer, empapada porque se había hundido en la costra de hielo de un arroyo. Maxim estaba en la caseta. La estufa rugía. Sobre la mesa había una cacerola.
—¿Tienes… tienes hambre? —preguntó él, dubitativo—. He cocinado esto. Trigo sarraceno con carne en conserva.
Ella miró la cacerola, sus manos rojas y escaldadas por el vapor, el agujero en su suéter que él había logrado quemar con la estufa, y de repente sintió algo cálido expandirse en su interior. No por la estufa, no.
—¿Tú solo? —preguntó.
—Yo solo.
—¿Y la estufa también tú solo?
—También. Pero no cerré la compuerta. Dijiste que uno podía intoxicarse con el monóxido.
Se sentó a la mesa y tomó la cuchara. El trigo estaba pasado de sal y la carne flotaba en trozos de grasa, pero era la primera vez en años que alguien cocinaba para ella.
—No está mal —dijo ella—. Sobrevivirás.
— «Bent u Tatyana Sergeyevna Kovalyova?» vroeg hij, terwijl zijn schoenen wegzakten in de modder.
— «Nou,» antwoordde ze, zonder van haar plek te komen.
— «Ik heb een schuilplaats nodig. Ze zeiden dat ik bij u terecht kon.»
Tatyana zweeg. Ze wist niet wat ze hierop moest zeggen. Blijkbaar had hij haar met iemand anders verward.
— «Je moet je huis laten herstellen, toch? Dat hebben ze me verteld. Nou, dat kan ik.»
Het huis was in de nacht van Sint-Nicolaas (Winter-Nikolaas) afgebrand. Tatyana stond destijds op blote voeten in de sneeuw, in een gewatteerde jas over haar nachthemd, en keek hoe de spanten instortten. Haar voeten voelden al niets meer – geen kou, geen brandwonden van de rondvliegende vonken. Alles was verbrand: de foto’s van haar overleden moeder, de warme sjaal die haar oma nog voor de oorlog had gebreid, de winterlaarzen, de voorraad graan voor de winter; alleen haar paspoort had ze nog achter haar boezem kunnen steken, verder had ze niets gered.
De honden huilden in hun kennels – ze waren bang voor het vuur. Tatyana had ze losgelaten en de laika’s renden in paniek over het erf, niet wetend waar ze heen moesten. Ze was op een omgekeerde arrenslee gaan zitten en was daar tot zonsopgang blijven zitten, totdat de brandweerwagen uit het districtscentrum arriveerde. De wagen was nutteloos: van het huis waren alleen nog smeulende resten over.
Tot de lente woonde ze in een bouwkeet – een woonwagen met één raam, een klein kacheltje en een geur van machineolie die maar niet weg ging, hoe goed ze ook poetste en luchtte. Ze sliep op een veldbed, waste zich bij een handwasbak en at uit een aluminium kom.
Er was geen geld. Bij de jachtopziener betaalden ze een fooi, en ze had ook nog de zorg voor de honden en het opvangcentrum waar ze verminkte dieren en vogels naartoe bracht: een vos met een gebroken poot, of een havik die niet meer kon vliegen. Goede mensen hielpen haar; zonder hen had Tatyana het niet gered, maar dat geld was niet genoeg. De sneeuw smolt rond de vuurplaats en er moest een nieuw huis komen, maar waarvan?
Toen er een UAZ-terreinwagen bij de keet stopte, dacht Tatyana eerst dat het een soort inspectie was. Of de belastingdienst. Of een ander soort ellende, want op goed nieuws rekende ze niet meer. Maar de man die uit de UAZ stapte, zag er niet uit als een ambtenaar. Ambtenaren kleedden zich eenvoudiger – in Chinese donsjacks en bontmutsen. Deze man droeg een jas. Een lange, beige jas, totaal ongeschikt voor de Altai-lente, wanneer de sneeuw smelt en alles in een modderpoel verandert. Aan zijn voeten droeg hij gladde leren schoenen met dunne zolen. In zijn handen hield hij een koffer, als een dokter.
Tatyana bekeek zijn beige jas en zijn leren schoentjes en grinnikte.
— «Ga jij soms bouwen?»
Ze verwachtte dat de man boos zou worden omdat ze niet geloofde dat hij een huis kon bouwen, of dat hij zou proberen haar te overtuigen, maar hij spreidde zijn handen en zei:
— «Nee, dat kan ik niet. Maar als u mij een paar maanden laat schuilen, geef ik u het geld voor het huis.»
Tatyana kneep haar ogen tot spleetjes.
— «Als u zoveel geld hebt, waarom schuilt u dan niet ergens anders?»
— «Waarom, als ik het hier kan doen? Mijn oma kwam uit deze streek, dus vandaar dat ik hier ben.»
Oma, dus…
— «En wat heb je gedaan dat je je moet verschuilen? Iemand vermoord, gestolen? Of verstop je je voor je vrouw?»
De man glimlachte droevig.
— «Ik heb helemaal niets gedaan. Ik zag per ongeluk iets wat me niet aanging. Nu ben ik bang dat ze me uit de weg ruimen, begrijpt u?»
Tatyana begreep het wel – haar eigen vader was precies zo verloren gegaan, lang geleden, in de jaren negentig.
— «En wat wil je? Hier wonen?»
— «Ja. Ik kan het geld meteen geven als u me niet gelooft.»
Tatyana kneep weer haar ogen samen en keek hem spottend aan.
— «En waar wonen? Ik heb alleen de keet en de banya (sauna).»
— «Nou, de banya is prima voor mij.»
Het was moeilijk te geloven dat zo’n stadse dandy in een banya zou kunnen wonen. Maar Tatyana besloot dat het niet goed was om hulp af te wijzen als het lot die je zelf toestuurde.
— «Geef je geld maar,» zei ze. «Dan is de banya van jou.»
Ze draaide zich om en liep naar de keet. Hij bleef midden op het erf staan, verward als een kuiken dat uit het nest was gevallen. De laika’s snuffelden aan zijn jas en gromden.
Zijn naam was Maxim. Hij was eigenaar van een computerbedrijf dat zich bezighield met kunstmatige intelligentie of een andere onzin waar Tatyana niets van begreep en ook niet wilde begrijpen.
De eerste week was de pure hel. Niet voor haar – voor hem. Tatyana dacht dat zijn grootste probleem het gebrek aan warm water en een fatsoenlijk toilet zou zijn, maar voor Maxim bleek het gebrek aan wifi het grootste probleem. Er was niet eens een normaal stopcontact, alleen een stroomgenerator. De telefoon had alleen bereik op één plek, en dan nog alleen als je op je tenen stond en je arm naar het oosten uitstak. Maxim ging daar elke twee uur naartoe, stond daar in zijn kasjmieren jas, vloekte binnensmonds en kwam boos, nat en bevroren terug.
Hij wist niet hoe hij de oven moest stoken. Tatyana liet het hem één keer zien: hoe je het hout aanstak, hoe je de luchttoevoer regelde. Hij knikte, maar een half uur later stond de banya vol rook en Tatyana, terwijl ze binnensmonds vloekte, deed het weer helemaal opnieuw.
Hij wist niet hoe hij water uit de put moest halen. Hij dacht dat het simpel was – een emmer en een touw. Maar de emmer kantelde, het touw glipte uit zijn handen, en op een dag liet hij de emmer in de put vallen en moest Tatyana hem er met een haak uitvissen.
— «Je bent hulpeloos als een baby,» zei ze geërgerd. «Waar betalen ze je eigenlijk voor?»
— «Omdat ik sneller denk dan anderen,» beet hij van zich af, terwijl hij zijn pijnlijke rug wreef.
— «Denken, zegt hij. Van denken alleen word je niet vol.»
Hij was beledigd, ging weg om bereik te zoeken en binnensmonds te vloeken.
Op een dag vertrok Tatyana ’s ochtends om de verre vallen te controleren – ze had wildcamera’s uitgezet op de route van lynxen. Ze kwam pas in het donker terug, nat omdat ze door de korst op een beekje was gezakt. Maxim zat in de keet. In de oven pruttelde het. Op tafel stond een pan.
— «Ben… heb je honger?» vroeg hij onzeker. «Ik heb wat gekookt. Boekweit met stoofvlees.»
Ze keek naar de pan, naar zijn rode, door stoom verbrande handen, naar het gat in zijn trui dat hij per ongeluk tegen de oven had gebrand, en ineens voelde ze iets warms vanbinnen. Niet van de oven, nee.
— «Zelf gedaan?» vroeg ze.
— «Zelf.»
— «En de oven ook zelf?»
— «Zelf. Ik heb alleen de schuif niet dichtgedaan. Jij zei dat je dan koolmonoxidevergiftiging kunt krijgen.»
Ze ging aan tafel zitten en nam een lepel. De boekweit was te zout en het stoofvlees dreef in dikke hompen vet, maar voor het eerst in jaren had iemand eten voor haar klaargemaakt.
— «Niet slecht,» zei ze. «Je zult wel overleven.»

En hij glimlachte. Voor de eerste keer – niet scheef, niet door zijn tanden heen, maar echt. Hij bleek een mooie glimlach te hebben, open, jongensachtig, die helemaal niet bij zijn zakenmasker paste.
Ze begonnen te praten. Eerst ‘s avonds, als het donker werd en er niets te doen was. Daarna steeds vaker. Tatyana vertelde over het bos, over de dieren, over hoe je sporen in de sneeuw en de stemmen van vogels moest begrijpen. Hij luisterde zoals een kind naar een sprookje luistert – met open mond. Blijkbaar had hij nog nooit een echte eland gezien. En hij wist niet dat een lynx een mens niet aanvalt. En dat vossen naar viooltjes ruiken als je dichtbij komt. Ze nam hem mee het bos in, liet het hem zien. Hij keek, onthield, stelde domme vragen. Eén keer vroeg hij of hij een das mocht aaien. Ze lachte lang, en zei toen: «Dat mag. Maar dan ben je je vingers kwijt.»
Hij vertelde over Moskou, over het bedrijf, over code, over startups en beurzen. Ze begreep er bijna niets van, maar ze luisterde naar zijn stem en ze voelde zich rustig. Alsof er een radio aanstond. Soms sprak hij met iemand aan de telefoon en vloekte hij over het hele erf. Ze dacht: «Hij doet gewichtig als een korhoen tijdens het baltsen.» En glimlachte.
Ze werd ziek in mei, toen de sneeuw al weg was, maar het ’s nachts nog vroor. Ze was in ijskoud water gevallen omdat ze een dom puppy wilde redden dat haar op haar tocht was gevolgd. Ze was zelf naar de keet gekropen, maar tegen de avond lag ze met veertig graden koorts in bed.
Maxim rende door de keet als een opgejaagd dier. Hij herinnerde zich alles wat ze hem had geleerd. Hij stookte de oven – in één keer, zonder rook. Hij verwarmde water. Hij vond gedroogde tijm in de EHBO-doos en zette thee. Hij vond frambozenjam in de kelder. Hij ging naast het veldbed op de grond zitten en hield haar hand vast.
— «Tanya,» zei hij. «Tanya, hoor je me?»
Ze antwoordde niet. Ze droomde van lynxen in de sneeuw en van haar moeder in een oude sjaal. Soms drong zijn stem door haar slaap heen – hij riep haar, smeekte haar niet weg te gaan, en dan keerde ze terug in de hitte, in de geur van tijm en frambozen. Iemand hield haar hand vast en liet niet los.
Hij zat daar twee dagen. Hij sliep bijna niet. Hij verving de natte doeken op haar voorhoofd, voerde haar met een lepel, stookte de oven, voerde de honden. Toen ze op de derde ochtend wakker werd – zwak, met droge lippen – sliep hij op een stoel ernaast, in een onmogelijke houding, met zijn hoofd op zijn borst. In diezelfde beige jas, die hij over zijn trui had aangetrokken omdat het in de keet toch koud was. Ze keek naar hem en dacht: «Wat een gek. Slapen in een jas.» En door die gedachte, door dat «gekkie» – niet boosaardig, maar medelijdend – voelde ze zich ineens beter.
Tatyana wachtte tot de zaken van haar Moskouse gast geregeld zouden zijn. En ze kreeg gelijk: op een dag belde hij extra lang, kwam hij neerslachtig terug en zei:
— «Nou, het is voorbij, de rechtszaak is geweest, nu kan niemand me meer wat maken. Ik kan weer terug.»
— «Waarom ben je dan zo somber?» vroeg Tatyana.
Hij antwoordde niet, keek weg. Hij zweeg even en zei:
— «Wil je met me mee? Naar Moskou. Het appartement is groot, er is genoeg plek.»
— «Ik heb mijn laika’s,» zei ze kalm. «En de havik. En de vos. Die kun je niet meenemen naar Moskou.»
— «En als er geen dieren waren?»
— «Dan was ik er ook niet. Ik kan niet zonder ze. Zoals jij niet zonder je internet kunt.»
Ze liep naar hem toe en streek zijn kraag glad – alsof hij haar zoon of man was.
— «Ga maar, Maxim. Het beste ermee.»
Hij stapte in zijn UAZ, die hij achter de banya had verstopt. De honden begonnen te blaffen. De motor sloeg aan en de auto reed de modderige weg op.
Tatyana keerde terug naar de keet, ging op het veldbed zitten en zag zijn trui met het ingebrande gat liggen, ruikend naar hem – naar rook, bos, dure eau de cologne. Vergeten. Ze hield de trui tegen haar gezicht en begon te huilen. Voor het eerst sinds de brand. En ze viel in slaap met die trui in haar handen.

Drie dagen later, toen ze ’s ochtends haar dieren ging voeren, zag ze hem bij het hek. In dezelfde jas, met dezelfde koffer.
— «Wat doe je hier?» vroeg ze.
— «Ik heb nagedacht,» zei hij. «Je kunt internet aanleggen via de satelliet. Ik heb het nagevraagd.»
— «Waarom?»
— «Ik weet het niet. Ik kan niet bij je weg. Mag ik blijven?»
Ze zweeg. De havik schreeuwde in de kennel. De honden draaiden om haar benen. Ergens in de verte klopte een specht. Het rook naar smeltwater, naar natte aarde. De wereld om haar heen was enorm en levendig.
— «Stook de banya maar op,» zei ze eindelijk. «En dan praten we verder.»
Hij ging de banya stoken. En hij deed het in één keer, zonder rook, zoals het hoorde. Want hij had geleerd. Want voor haar was het de moeite waard om alles te leren.